HACIA UN MUNDO SOSTENIBLE

No hay duda de que estamos asistiendo a la crisis de un modelo de relacionarnos con la Naturaleza. Si los pensadores modernos (Bacon, Descartes…) soñaron en convertir al ser humano –gracias a la ciencia y la tecnología- en dueños y señores de la Tierra, hoy, cuatro siglos después, somos conscientes de que los problemas medioambientales ocasionados por nuestras intervenciones tecno-científicas y explotaciones tecno-económicas afectan hasta la misma continuidad del ser humano en la Tierra.

No es extraño, por eso, que el mismo modelo moderno de crecimiento económico se haya visto alterado. En efecto, la conciencia de la crisis tuvo su acta fundacional oficial en 1972 con el famoso informe Meadows al Club de Roma Los límites del crecimiento1. Para los autores del informe, era necesario llevar a cabo nuevas acciones políticas, pues nuestro planeta parecía poner dos tipos de límites a las intervenciones humanas: sus recursos no son ilimitados ni tolera una mundialización del modelo económico de los países industrializados.

Son conclusiones que hizo suyas la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Medio Ambiente Humano, celebrada en Estocolmo en 1977, que significó el inicio de una senda que ha tenido su última entrega en la reciente Conferencia de Naciones Unidas sobre Medio Ambiente y Desarrollo, celebrada en Río de Janeiro en julio de 2012 (Conferencia de Río+20), en la que los países desarrollados han reconocido que su modelo tradicional de crecimiento económico y explotación de recursos son inviables. Ambos ponen en peligro no solo la biodiversidad sino, como decíamos, la misma continuidad del ser humano en la Tierra.

Evidentemente, esta conciencia se ha visto entorpecida con la actual crisis económica global, pero ésta no puede hacernos olvidar algo que enseñó Río ya en 1992: la urgente necesidad de respeto a la Naturaleza y de un desarrollo económico equilibrado.

Desde la publicación del Informe Meadows se han elaborado otros en la misma línea encargados por diversos organismos internacionales: el mismo Club de Roma, la ONU, la UNESCO, el Banco Mundial, etc., pero destaca sobremanera uno, el Informe de 1987 de la Comisión Brundtland: Nuestro futuro común2, en el que se popularizó la idea de desarrollo sostenible.

La conclusión fundamental del Informe Brundtland es que la actividad económica no puede seguir funcionando como si sus posibilidades fueran ilimitadas. Resulta insostenible seguir haciendo de la utilización cada vez mayor de energía y de materias primas, el objetivo incuestionable de la política económica de los Estados nacionales. Existen límites ecológicos que no son ya, como apuntó el Informe Meadows, sólo límites de recursos; la experiencia ha demostrado que siendo importante el peligro de agotamiento de ciertos recursos energéticos (petróleo, agua, cobre…), resultan todavía más importantes los límites que impone la Naturaleza a los residuos que producimos: el efecto invernadero, la reducción de la capa de ozono, la contaminación del aire y del agua, demuestran que las funciones cloacales o de vertedero que imponemos a la Naturaleza deben ser repensadas.

Infravaloramos los servicios que nos presta la Naturaleza, no sólo como fuente de recursos sino como capital natural. Las políticas económicas de los Estados, las formas de producción industrial siguen sin tener en cuenta la degradación de los activos de la Naturaleza; cegados por parámetros tradicionales sobre el crecimiento de la producción nacional bruta.

Es necesario, pues, un nuevo enfoque: transitar desde la política del crecimiento a una economía basada en un desarrollo cualitativo en el que la escala económica sea siempre coherente con las capacidades regenerativas y asimilativas de los sistemas globales que sostienen la vida en la Tierra.

Todas las actividades económicas deben hacer suyo este cambio de enfoque, este cambio de paradigma económico. Es, en todo caso, un enfoque haremos nuestro al plantear, frente al sistema de entierro tradicional, una gestión de cadáveres humanos respetuosa con el Medio Ambiente. Y es que, según argumentaremos en la última parte del trabajo, FUNECO ha desarrollado un modelo de “entierro” adecuiado para una ciudad y mundo sostenible, pues trata de evitar las consecuencias negativas para la salud que los fluidos o emanaciones procedentes del proceso de putrefacción o incineración de los cadáveres acaba trasladándose al medio.

Pero no adelantemos conclusiones, lo cierto y verdad es que economistas de prestigio (H. Daly, R. Goodland, R.Constanza, L. R. Brown) hablan de una evolución desde un mundo relativamente vacío de seres humanos y de capital hecho por el hombre a un “mundo lleno”, como el actual, donde el factor limitador del mismo desarrollo económico ya no es, debido a las crecientes posibilidades tecnológicas, el capital humano, sino el capital natural que nos queda3. Por ejemplo, el factor limitador de las capturas pesqueras será la capacidad de reproducción de las poblaciones marinas y no el número de pesqueros. Respecto a la industria, el factor limitador no serán los sistemas y modos de producción, sino la incapacidad de la Naturaleza para metabolizar los residuos.

La siguiente imagen puede servir para representar el cambio desde un mundo relativamente vacio a un mundo lleno de seres humanos y de bienes (superficie blanca):

Tengamos en cuenta algo que será relevante para el desarrollo del Proyecto FUNECO. El proceso de modernización e industrialización desarrollado en Occidente en los últimos quinientos años ha conducido a lo que los expertos llaman la Population bomb, esto es a una explosión demográfica que ha hecho pasar la población humana en dos siglos desde los 500 a los 6.500 millones.

En efecto, el capitalismo moderno, se desarrolló y extendió en dos grandes fases. De 1500 a 1800, se desarrolla el capitalismo agrario, basado en la explotación extensiva de la agricultura y la ganadería, no sólo en Europa sino también en las colonias ultramarinas, esas “nuevas Europas” de las que habla Alfred W. Crosby en El imperialismo ecológico (1986). En esta primera fase, el capitalismo seguía dependiendo de fuentes de energía renovables (la fuerza humana y animal, el agua, el viento, la madera), aunque comienza a hacer un uso intensivo de ellas (desde la esclavitud de los nativos negros e indios hasta la tala masiva de bosques para barcos, viviendas y combustible).

En una segunda fase, de 1800 en adelante, se inicia la revolución industrial y la industrialización de la ciencia y la tecnología. La máquina de vapor mueve ferrocarriles, barcos, prensas, telares y otros muchos artefactos. Pero todos esos artefactos ya no son movidos por las energías renovables tradicionales, que se encuentran en la superficie terrestre, sino por unas nuevas fuentes de energía que se obtienen del subsuelo y no son renovables: en el siglo XIX, el carbón; en el siglo XX, el gas, el petróleo y sus derivados. A esta primera revolución industrial se añade una segunda en el siglo XX: la producción en cadena, el consumo de masas, el automóvil privado movido por el motor de combustión, los grandes monocultivos agrícolas con uso intensivo de productos químicos sintéticos (abonos, herbicidas y plaguicidas), la estabulación del ganado y la sustitución del pasto por grano y piensos animales, el uso de antibióticos en animales, el expolio acelerado de los recursos pesqueros, mineros y forestales, la multiplicación de desechos contaminantes que se arrojan al aire, al agua y al suelo, sin olvidar el desarrollo de la ingeniería genética, que permite modificar el genoma de plantas, animales y humanos. Es el periodo en el que se produce la explosión demográfica.

Todas estas innovaciones tecno-económicas han permitido un vertiginoso crecimiento del bienestar económico y sanitario en los países ricos, pero al mismo tiempo han provocado unos procesos migratorios del Sur al Norte y una crisis ecológica global que está poniendo en peligro las bases naturales de sustentación de la vida humana sobre la Tierra.

Se hace imprescindible, por tanto, una perspectiva ecológica de la economía que, entre otras medidas, incorpore al índice de riqueza anual de un país, esto es, al PIB, índices correctores en función del capital natural dilapidado. Se hace preciso, en definitiva, transitar desde una economía convencional a una economía ecológica. La tabla e ilustración que proponemos a continuación quieren representar la transformación de la economía.

TABLA COMPARATIVA DE LA ECONOMÍA CONVENCIONAL Y LA ECONOMÍA ECOLÓGICA

Una ética para los negocios. La responsabilidad social de las empresas.

En sentido amplio, la actividad de los negocios existe al menos desde que los antiguos sumerios emprendiesen una actividad comercial amplia y registros contables hace casi seis mil años. Pero los negocios no han sido siempre la empresa básica y respetable que es en la sociedad moderna, y durante la mayor parte de la historia la concepción ética de los negocios ha sido casi totalmente negativa. Aristóteles distinguió entre dos acepciones diferentes de lo que denominamos economía. Uno era el oikonomíkos o comercio doméstico, que aprobaba y consideraba esencial para el funcionamiento de cualquier sociedad incluso poco compleja, y el chrematisike que es el comercio para el lucro. Aristóteles consideraba esta actividad totalmente desprovista de virtud y a quienes se dedicaban a estas prácticas puramente egoístas los denominaba «parásitos».

El ataque de Aristóteles a la práctica repugnante e improductiva de la «usura» estuvo en vigor virtualmente hasta el siglo XVII. Sólo participaban en prácticas semejantes los foráneos, situados al margen de la sociedad, pero no los ciudadanos respetables. (El Shylock de Shakespeare en El mercader de Venecia, era un «outsider» y un usurero.) Esta es, en un gran lienzo histórico, la historia de la ética de los negocios -el ataque global a los negocios y a sus prácticas. Jesús expulsó del templo a los que cambiaban moneda, y los moralistas cristianos desde San Pablo a Santo Tomás y Martín Lutero siguieron su ejemplo condenando taxativamente la mayor parte de lo que hoy honramos como «el mundo de los negocios».

Pero si la filosofía y la religión dirigieron la condena de la ética de los negocios, también éstas protagonizaron el drástico vuelco hacia los negocios a comienzos de la época moderna. Juan Calvino y luego los puritanos ingleses enseñaron las virtudes de la frugalidad y la diligencia, y Adam Smith canonizó la nueva fe en 1776 en su obra maestra La riqueza de las naciones.

Esta transformación puede explicarse en parte en términos de desarrollo urbano, de sociedades mayores y más centralizadas, de la privatización de los grupos familiares como consumidores, del rápido progreso tecnológico y del crecimiento de la industria y el desarrollo asociado de las estructuras, necesidades y deseos sociales. Con la obra clásica de Adam Smith, lo chrematisike se convirtió en la institución central y la virtud principal de la sociedad moderna. Pero la devaluada versión popular («la codicia es buena») de la tesis de Smith difícilmente favoreció al objeto de la ética de los negocios. Sólo muy recientemente una concepción más moral y honorable de los negocios ha empezado a dominar el lenguaje de los negocios, y con ella se ha extendido la idea de estudiar los valores e ideales subyacentes de los negocios. Podemos comprender cómo la libertad del mercado siempre será una amenaza a los valores tradicionales y contraria al control gubernamental, pero ya no podemos llegar retóricamente a la conclusión de que el propio mercado carece de valores o de que los gobiernos sirven mejor que los mercados al bien público.

Los beneficios ya no son condenados junto a la «avaricia» en sermones moralizantes, y ya no se concibe a las empresas como monolitos sin cara, sin alma y amorales. Lo que interesa ahora es simplemente cómo debe concebirse el beneficio en el contexto más amplio de la productividad y la responsabilidad social y la manera en que las corporaciones, en calidad de comunidades complejas, mejor pueden servir tanto a sus propios empleados como a la sociedad que les rodea.

En este contexto, desde hace una década ha empezado a abrirse paso lo que se conoce como responsabilidad social de las empresas o los negocios. Una “nueva cultura de empresa” que abre nuevas perspectivas a las políticas y estrategias empresariales para la pervivencia de las propias organizaciones y de la misma sociedad.

Si atendemos a normativa europea dictada en 2001, conocido como Libro Verde para Fomentar un marco europeo para la responsabilidad social de las empresas, una empresa socialmente responsable. Podríamos afirmar que es una organización competitiva en términos económicos, que intenta cumplir de manera excelente sus cometidos para continuar siéndolo y asegurar su pervivencia. Pero ello obviamente no es suficiente, debe dar también respuesta satisfactoria a los siguientes seis requisitos:

• Ofrecer productos y servicios que respondan a necesidades de sus usuarios, contribuyendo al bienestar.
• Tener un comportamiento que vaya más allá del cumplimiento de los mínimos reglamentarios, optimizando en forma y contenido la aplicación de todo lo que le es exigible.
• La ética ha de impregnar todas las decisiones de directivos y personal con mando, y formar parte consustancial de la cultura de empresa.
• Las relaciones con los trabajadores han de ser prioritarias, asegurando unas condiciones de trabajo seguras y saludables.
• Ha de integrarse en la comunidad de la que forma parte, respondiendo con la sensibilidad adecuada y las acciones sociales oportunas a las necesidades planteadas, atendiéndolas de la mejor forma posible y estando en equilibrio sus intereses con los de la sociedad. La acción social de la empresa es importante, pero evidentemente no es el único capítulo de la RS.
• Ha de respetar con esmero el medio ambiente.

Destaquemos el último requisito, porque es esencial en nuestro Trabajo: todo negocio
tiene la obligación de contribuir a la sostenibilidad del planeta; a

1. Respetar el medio ambiente;
2. Evitar en lo posible cualquier tipo de contaminación.
3. Minimizar la generación de residuos.
4. Racionalizar el uso de los recursos naturales y energéticos.

Son cuatro principios que se recogen en lo que se conoce en la economía ecológica como el ecodiseño (diseño sostenible o diseño responsable), con el que se hace referencia a la metodología aplicada al diseño integral de un producto, desde el proceso de fabricación al de su comercialización y reutilización siempre orientados hacia la prevención o reducción de su impacto medioambiental.

Como veremos en el último capítulo, FUNECO quiere ser un proyecto empresarial eco-responsable, o por decirlo de otro modo, está pensado para eco-empresas que den servicio a ciudades sostenibles, que contribuyan decididamente a la sostenibilidad de nuestro mundo.

Y es que beneficio y ética; economía y ecología no ha de ser, finalmente, incompatibles.